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[Prologo
del libro originalmente publicado con el titulo
anterior en The Journal of Transpersonal
Psychology 33(1), 64-71.]
Ver
reseña del libro
Las revoluciones en el
pensamiento humano rara vez se producen de una
sola vez y de manera radical. Ya sea en la
ciencia o en la filosofía, en la religión o en
el arte, cualquier progreso importante siempre
emerge en un contexto en particular y cuenta con
unos antecedentes históricos específicos que
determinan profundamente, e incluso condicionan,
el modo en que éste se desarrolla. Un cambio de
paradigma es a menudo iniciado con una ruptura
clara y extraordinaria con el pasado –una
especie de declaración de independencia- pero
este avance inicial conservará de la antigua
estructura paradigmática ciertos supuestos
esenciales y generalmente sin examinar que
limitan el éxito de la nueva visión.
Estos supuestos
restrictivos que se arrastran del pasado son,
en palabras de Erich Voegelin, como una hipoteca
impuesta sobre el nuevo paradigma por las
circunstancias históricas de su origen. Por un
lado, los principios conservados son los que en
primer lugar hacen posible la revolución
paradigmática, ya que el clima intelectual y las
presuposiciones de la época no pueden apoyar con
éxito un cambio inmediato más radical. No
obstante, por el otro lado, este vestigio
inconsciente suele debilitar el poder creativo
del nuevo paradigma e incluso amenazar con
destruirlo. Tarde o temprano, una crisis se
desencadena. Es entonces cuando una segunda
intervención puede producirse, un segundo avance
prácticamente tan importante como el primero,
que liberará a la revolución inicial de sus
limitaciones inconscientes y permitirá la
culminación del cambio de paradigma.
Podemos observar esta
dramática secuencia en el caso de la revolución
copernicana. La intuición fundamental de
Copérnico, es decir, que una cosmología más
elegante y convincente puede ser concebida
considerando la Tierra como planeta de un sol
central, se vio profundamente restringida por el
antiguo y firmemente establecido supuesto
griego que afirmaba que los planetas han de
desplazarse con un movimiento circular uniforme.
Este incuestionable principio obligó a que el
sistema de Copérnico fuera matemáticamente tan
complejo como el de Ptolomeo, lo cual requirió
la retención de varias construcciones
epicíclicas ad hoc a fin de aproximar las
posiciones planetarias observadas. Incluso con
estas elaboradas correcciones, la teoría
heliocéntrica no demostró ser más exacta que el
antiguo modelo geocéntrico en cuanto a su
coincidencia con los datos empíricos. Esta
situación se prolongó durante más de medio siglo
hasta la llegada de Kepler, totalmente
comprometido con la hipótesis copernicana, pero
a la vez dispuesto a confrontar directamente
las pertinazes anomalías y complejidades
epicíclicas ad hoc que debilitaban la
viabilidad de la teoría. Tras arduos esfuerzos
por intentar adecuar las observaciones
planetarias más recientes a todo posible sistema
hipotético de círculos y epiciclos que pudo
concebir, Kepler se vio forzado a concluir que
la verdadera forma de las órbitas planetarias
debía conformar otra figura geométrica. Al
atreverse a salir del antiguo marco de
suposiciones sobre lo que se consideraba como
posible y cierto, Kepler descubrió que las
observaciones coincidían precisamente con
órbitas que no eran circulares sino elípticas,
recorriendo las mismas áreas en tiempos
iguales. De esta manera, Kepler prescindió de
todos los artilugios correctivos epicíclicos
inadecuados del sistema ptolemaico y resolvió
brillantemente el antiguo "problema de los
planetas" que había dominado y envuelto de
misterio a la teoría astronómica durante dos
milenios. Así pues, Kepler liberó a la hipótesis
copernicana de sus grilletes inconscientes. A
los pocos meses de la publicación del
descubrimiento de Kepler, Galileo enfocó su
telescopio hacia los cielos y la revolución
copernicana pudo proceder triunfalmente hasta
marcar un hito en la era moderna.
Hoy en día, podemos
observar una situación similar respecto al
cambio de paradigma iniciado por la psicología
transpersonal. Desde su nacimiento a finales de
los años sesenta con el trabajo seminal de
Abraham Maslow y Stanislav Grof, el movimiento
transpersonal representó un profundo impulso
liberador en el campo de la psicología y, en
ciertos aspectos, una ruptura revolucionaria con
el pasado. En contraste con el positivismo y el
reduccionismo que durante tanto tiempo habían
dominado este campo, la inclusión y la
validación de la dimensión espiritual de la
experiencia humana por parte de la psicología
transpersonal abrió la visión psicológica
moderna a un universo de realidades radicalmente
expandido: Oriental y occidental, antiguo y
contemporáneo, esotérico y místico, chamánico y
terapéutico, ordinario y no ordinario, humano y
cósmico. La espiritualidad era ahora reconocida
no sólo como un importante objeto de estudio
para la teoría y la investigación psicológica,
sino también como una base fundamental para la
salud y la sanación de la psique humana.
Desarrollando ideas y directrices iniciadas por
William James y C. G. Jung, la psicología
transpersonal empezó a confrontar el gran cisma
entre la religión y la ciencia que tan
profundamente había dividido la sensibilidad
moderna.
Pero, tal como ahora nos
revela el trabajo de Jorge Ferrer, las propias
circunstancias de los orígenes de la psicología
transpersonal, nacida tal como fue de una
ciencia moderna enraizada filosóficamente en la
Ilustración, llevaron a este campo a construir
sus fundamentos y estructuras teóricas sobre
principios heredados, que aunque cruciales para
su éxito inmediato, demostraron ser
profundamente problemáticos a largo plazo. Con
el centro de atención de la modernidad puesto
sobre el sujeto cartesiano individual como base
y punto de partida para cualquier comprensión de
la realidad, con la extendida afirmación de la
mente moderna de la separación epistemológica
existente entre el sujeto conocedor y una
realidad objetiva independiente y, por último,
con el moderno desencantamiento del mundo
exterior de la naturaleza y el cosmos, era
prácticamente inevitable que la psicología
transpersonal emergiera como lo hizo: a saber,
con un compromiso contundente de legitimar la
dimensión espiritual de la existencia mediante
la defensa del valor empírico de las
experiencias intrasubjetivas individuales y
privadas de una realidad espiritual universal
independiente. Habiendo vaciado la cosmología
moderna al universo externo accesible
públicamente de todo significado o estructura
espiritual intrínseca, la validación empírica de
una realidad espiritual tenía que ser buscada en
la experiencia intrasubjetiva y privada. Y
dado que la experiencia de dicha realidad
espiritual última se considerada como una
compartida por los místicos de las distintas
eras, tal experiencia era, al igual que la
verdad científica, no sólo independiente de las
interpretaciones y proyecciones humanas, sino
también empíricamente replicable por
cualquiera que estuviera adecuadamente preparado
para implicarse en las prácticas necesarias. A
su vez, esta realidad suprema validada por
consenso se veía como constituyente de una única
Verdad absoluta que podía incluir la diversa
pluralidad de todas las perspectivas
espirituales y culturales posibles dentro de su
unidad última. Esta era la Verdad esencial y
trascendente en la que todas las religiones
acababan convergiendo en su corazón místico.
El compromiso de la
psicología transpersonal con dicha epistemología
y ontología, sin duda, también reflejaba el
poderoso legado del humanismo moderno y de la
más antigua tradición humanista occidental que
se remonta al Renacimiento y a la Grecia
clásica, la cual exaltaba el valor soberano del
individuo: de la experiencia individual humana,
del potencial humano y de la autorrealización.
Además, la expansión e intensificación de la
subjetividad privada fruto de la
experimentación psicodélica, factor clave en la
transformación filosófica de toda una generación
de pensadores transpersonales, jugó un papel
crítico en reforzar el compromiso de la
psicología transpersonal con tal empirismo
interno.
Menos evidente, aunque no
menos influyente, fue el gran drama subyacente
del yo moderno occidental a medida que se
esforzaba por emerger de su matriz histórica
religiosa, es decir, a medida que se autodefinía
como autonomo diferenciándose así en cierto
sentido del cristianismo, el principal
contenedor del impulso espiritual de Occidente
por casi dos milenios. Todas las figuras más
destacadas de la psicología transpersonal
trabajaban dentro, y reaccionaban en contra, de
una tradición cultural occidental cuya
imaginación religiosa había sido profundamente
informada y problemáticamente dominada por el
cristianismo. Las razones de tales tensiones son
muchas y complejas, pero, en general, todo el
colectivo transpersonal y el de la contracultura
de la cual formaba parte, compartian una
respuesta antagonista –a veces sutil, otras
explícita- hacia el legado judeocristiano en
Occidente, y esto a su vez influyó y fomentó su
inmensa atracción hacia las riquezas
espirituales de Oriente. Más allá de la
dimensión explícitamente espiritual y religiosa
de esta actitud, sin embargo, todos los líderes
del movimiento transpersonal compartían el
contexto más amplio de la lucha histórica de la
Ilustración contra la religión cristiana por el
predominio en la visión moderna del mundo.
La Ilustración impulsó a
privilegiar la verdad universal de una realidad
objetiva –una verdad independiente y sin
ambigüedades que se pudiera confirmar
fiablemente mediante la experiencia directa y
los procedimientos experimentales apropiados,
que trascendiera la diversidad de las varias
perspectivas culturales y personales, que
limpiara la mente de toda distorsión subjetiva e
ilusión supersticiosa, que desmitificara la
realidad de toda carga mitológica y
proyecciones antropomórficas. Este impulso
preponderante permitió al proyecto moderno
liberar al pensamiento humano de las
constricciones percibidas en un cristianismo
dogmático.
Pero ahora la psicología
transpersonal estaba motivada por el mismo
impulso en una nueva conquista, esta vez
centrada no en la naturaleza del mundo material
sino en la naturaleza de la espiritualidad: a
saber, liberar a la espiritualidad de su
anterior asociación obligatoria con la ahora
cada vez más relativizada religión cristiana,
pero al mismo tiempo liberarla de su negación
por parte de la ciencia moderna, sin dejar de
ser fiel a los principios científicos de
comprobación y verificación empírica. A su vez,
esta búsqueda se vio profundamente afectada por
el difundido encuentro con diversas prácticas y
perspectivas místicas asiáticas, por lo general
despojadas de sus complejos contextos culturales
y con el énfasis puesto en una meta
contemplativa de trascendencia no dualista. El
resultado combinado de todos estos factores fue
el compromiso de la teoría transpersonal con una
"filosofía perenne" la cual, en esencia, daba
prioridad al mismo tipo de verdad en el mundo
psicoespiritual que la Ilustración racionalista
había favorecido en el mundo físico: una verdad
universal impersonal y pre-dada,
independiente de toda interpretación cultural y
subjetiva, que pudiera ser verificada
empíricamente por una comunidad adecuada de
investigadores mediante las metodologías
apropiadas. Esta Verdad perennialista era la
verdad más elevada, superior a todas las demás.
Era la única Verdad capaz de incluir y definir a
todas las demás verdades.
En cierto sentido, los
principales pioneros y teóricos de la psicología
transpersonal tenían dos objetivos. Por un lado,
querían legitimar su nueva disciplina y el valor
ontológico de la espiritualidad a los ojos de la
ciencia empírica, la fuerza dominante en la
visión moderna del mundo. Por otro lado, sin
embargo, también pretendian legitimar la
espiritualidad y su disciplina ante sus propios
ojos, lo cual les exigió que satisfacieran
ciertos criterios y suposiciones de la ciencia
empírica que ellos mismos habían internalizado
en el curso de su propio desarrollo intelectual.
La creencia en una realidad
objetiva pre-dada –ya sea espiritual o material-
que pudiera ser verificada empíricamente; la
convicción adicional de que esta realidad era en
última instancia singular y universal,
independiente de la diversidad de las
interpretaciones humanas, y de que sus
estructuras profundas podían ser descritas
mediante representaciones cada vez más exactas a
medida que la historia del pensamiento
progresara; la creencia derivada de que sobre
esta base se podían hacer evaluaciones
claramente bivalentes, ya fueran afirmativas o
de rechazo, respecto a todas las perspectivas
espirituales y psicológicas "rivales", y que se
podían establecer clasificaciones jerárquicas de
las distintas tradiciones religiosas y
experiencias místicas como más o menos
evolucionadas según su exactitud relativa en
representar tal realidad independiente: todos
estos principios, derivados de la ideología
científica de la modernidad, fueron incorporados
en el paradigma transpersonal. Y al ser
incorporados, ayudaron a legitimar el paradigma
al mismo tiempo que fueron generando un número
cada vez mayor de tensiones internas,
incoherencias teóricas e incluso conflictos
interdepartamentales.
En la práctica –en el nivel
básico, por así decirlo, en la realidad
cotidiana- el mundo transpersonal fue desde el
principio una comunidad de buscadores y de
académicos, de estudiantes y de maestros,
extraordinariamente inclusiva, tolerante y
ricamente pluralista. Los multitudinariamente
atendidos encuentros periódicos alrededor del
mundo de la International Transpersonal
Association, fundada por Grof en los años
setenta, fueron acontecimientos de una riqueza
excepcional, cada uno de ellos caracterizado por
una combinación de congreso de psicologías de
diversas orientaciones, festival cultural de la
Nueva Era y algo semejante al World Parliament
of Religions (Parlamento Mundial de las
Religiones). Pocos encuentros podían ser más
fértiles en cuanto a diálogo se refiere. Un
ethos similar impregnaba los seminarios,
simposios y talleres del Esalen Institute, uno
de los epicentros del mundo transpersonal por
muchos años.
Pero en el plano teórico,
en libros, revistas y clases universitarias, los
marcos conceptuales transpersonales más
enérgicos y discutidos se caracterizaban por un
compromiso cada vez más intenso con una sola
verdad universal absoluta, una lógica
rígidamente bivalente y la construcción de
metasistemas omnisubsumidores que rechazaban o
afirmaban con convencimiento ciertas tradiciones
espirituales y visiones filosóficas según
criterios abstractos, clasificandolas
jerárquicamente en secuencias evolutivas
ascendentes. Este hecho ocasionó a su vez
controversias y conflictos cada vez más
agitados, a medida que los representantes de una
enorme gama de tradiciones y perspectivas
–indígenas y chamánicas, esotéricas y gnósticas,
románticas y neorrománticas, junguianas y
arquetípicas, feministas y ecofeministas,
espiritualidades neopaganas y del culto a
la Diosa, misticismo natural, misticismos
cristiano, judío e islámico, antroposofía,
trascendentalismo americano, ecología profunda,
teoría de sistemas, cosmología evolutiva,
teología whiteheadiana del proceso, física
bohmiana, entre otras muchas- todos afirmaban el
valor intrínseco de sus posturas en contra de
las superestructuras teóricas por las cuales se
sentían marginados, devaluados y mal
representados. La situación se complicó
adicionalmente debido a que los propios datos de
la psicología transpersonal –los descubrimientos
de la investigación moderna sobre la conciencia,
las terapias experienciales, los informes
psicodélicos, las emergencias espirituales,
la investigación sobre los estados de conciencia
no ordinarios, la antropología de campo, la
tanatología, los relatos de los místicos de
diferentes culturas y épocas- sugerían un cuadro
mucho más complejo del que los principales
sistemas teóricos podían acomodar. Hacia los
años noventa, una especie de guerra civil se
había declarado, una crisis que sumió a este
campo de estudios en la controversia y el cisma.
Esta situación inmensamente
confusa y conflictiva, con toda su complejidad
conceptual, es la que Jorge Ferrer confronta,
diagnostica y recontextualiza brillantemente en
su libro Una revisión de la teoría
transpersonal. Este es un libro
profundamente liberador. Ferrer ha asimilado
todas las obras e ideas principales del campo
transpersonal, y ha reflexionado sobre los
difíciles problemas que están en juego. También
ha integrado los desarrollos más recientes de
disciplinas que hasta ahora habían sido
consideradas inadecuadamente en la teoría
transpersonal –la filosofía transcultural de la
religión, el misticismo comparado, el diálogo
interreligioso, la hermenéutica y el
posestructuralismo, la filosofía poskhuniana de
la ciencia-, disciplinas extremadamente
relevantes para los debates contemporáneos. Y
quizás de forma especialmente importante,
Ferrer ha explorado a fondo una amplia gama de
prácticas transformativas, de caminos
espirituales y de acción
social espiritualmente informada, que aportan
dimensiones cruciales de corporeización a las
cuestiones intelectuales y espirituales.
Dejaré que el lector
disfrute del dramático desarrollo del análisis
magistral de Ferrer, a medida que va poniendo
los cimientos para resolver la crisis de la
teoría transpersonal. En esencia, Ferrer ha
asimilado las intuiciones más valiosas de la
mentalidad posmoderna y las ha integrado en la
visión transpersonal, trascendiendo plenamente
al mismo tiempo el relativismo dogmático y el
escepticismo compulsivamente fragmentario que
afectaban a algunas visiones posmodernas
anteriores (limitaciones enraizadas en ese
reduccionismo secular oculto que supuso la
hipoteca de la era moderna inconscientemente
asuida por la propia posmodernidad). El
proyecto subyacente de las principales
metateorías transpersonales ha sido ha sido
explícitamente la integración de la ciencia
moderna y la religión premoderna. Con este fin,
numerosas modificaciones teóricas ad hoc
fueron requeridas para explicar las múltiples
anomalías e incoherencias resultantes, suavizar
las diversas críticas y remendar la pretendida
supersíntesis. Por lo general, estas
modificaciones se servían de varias ideas
posmodernas que eran útiles para afrontar
problemas específicos, pero que a la larga
demostraron ser esencialmente correcciones
epicíclicas para una estrategia general que no
podía hacer justicia a la compleja realidad que
intentaba explicar.
Ferrer, por el contrario,
ha absorbido el pleno significado del giro
posmoderno en su esencia más profunda e
irremplazable: ha articulado una visión de las
realidades y prácticas espirituales, así como
del conocimiento espiritual, radicalmente
participativa y pluralista. Ferrer
critica el empirismo intrasubjetivo importado de
la ciencia empírica que ha dominado este campo y
lo ha colonizado con requisitos inadecuados y
contraproducentes de replicación, verificación y
falsación. Y afirma la validez de una
multiplicidad de liberaciones espirituales, en
la cual las diversas tradiciones y prácticas
espirituales cultivan y "enactúan" una
pluralidad de auténticos principios espirituales
últimos, engendrados a través de un proceso de
participación cocreativa en un poder espiritual
dinámico e indeterminado.
Con esta intuición crucial
sobre la naturaleza participativa, enactiva y
pluralista de la verdad espiritual, el campo
transpersonal se libera a sí mismo para entrar
en un nuevo mundo de apertura al Misterio del
ser que es su fundamento, una liberación que
permite un renovado diálogo respetuoso y
fructífero entre las diversas religiones,
perspectivas metafísicas y prácticas
espirituales. Al cortar el nudo gordiano que
había ligado invisiblemente a la teoría
transpersonal con la Ilustración, como un cordón
umbilical todavía por caer, los estudios
transpersonales pueden ahora abrirse a nuevos
horizontes, con su visión ya no dividida por un
fútil y tan a menudo intolerante debate carente
de diálogo.
Aplaudo la afirmación
enfática de Ferrer del Misterio que concierne a
toda investigación transpersonal y espiritual,
la ilimitada libertad creativa del fundamento
último, su liberador desafío a todo esquema
intelectual que reivindique teorizar sobre la
totalidad de la realidad. Y esta afirmación no
es alcanzada simplemente mediante declaración
apodíctica, sino a través de un riguroso
análisis epistemológico de las teorías
transpersonales pertinentes, de una comparación
igualmente meticulosa de los informes
transculturales religiosos y místicos, y de una
crítica incisiva de la práctica espiritual
contemporánea. Es un placer el observar aquí
como una mente poderosa se emplea a fondo en
servicio de abrir el Misterio de la existencia,
en lugar de intentando contener, categorizar y
jerarquizar al servicio de las necesidades de un
sistema teórico global.
En muchos aspectos, este
es un libro muy sencillo. Sin duda es
extremadamente claro, escrito con un cuidado
inteligente y paciente para hacer que cada punto
sea transparente para el lector, que cada
postura considerada quede representada con
concienzuda exactitud y que cualquier posible
objeción o alternativa quede lúcidamente
tratada. Cada capítulo consecutivo penetra más
profundamente en los problemas centrales de la
teoría transpersonal y aporta una mayor
liberación de sus restricciones. Uno finaliza la
lectura de este libro con una mente más clara y
una visión más amplia que con la que uno
comenzó.
Para entrar en el discurso
transpersonal en el nivel requerido para
escribir este libro es necesario haber dedicado
una cantidad incalculable de tiempo a la lectura
minuciosa y a la profunda reflexión de una gama
extraordinariamente amplia de temas y
disciplinas. Y ya que se trata de este campo en
particular, la teoría transpersonal –la cual
incluye no sólo la filosofía y la psicología,
sino también la espiritualidad y la religión-
existe una posibilidad aún mayor de inflación
espiritual en el proceso de conseguir semejante
logro.
Pero Ferrer demuestra en
este libro precisamente las cualidades de
erudición y de diálogo que mejor reflejan el
carácter de su visión espiritual –el cuidado con
el que describe tanto sus propias posturas como
las de los demás, su apertura a ser corregido,
la capacidad de ser crítico sin sarcasmo o
rencor, la exposición de ideas opuestas de una
forma que refleja escrupulosamente el modo en
que sus propios exponentes las expresarían. La
prioridad consistente de Ferrer es claramente
buscar la verdad y ponerse a su servicio, en
lugar de promover o preservar su propia posición
y reputación a expensas de los demás.
Las realidades
transpersonales nunca podrán ser descritas
adecuadamente o con exactitud mediante confiadas
evaluaciones y clasificaciones jerárquicas de la
multiplicidad de los caminos y perspectivas
espirituales de la humanidad de acuerdo a una
Realidad universal pre-dada. En contraste, las
realidades transpersonales sólo son discernibles
a través de una actitud dialógica, más
sutilmente inteligente y con corazón,
hacia el Misterio que es la fuente de todo lo
que existe -y por consiguiente, a través de una
actitud dialógica hacia los demás en apertura
respetuosa a la diversidad de las
autorrevelaciones de la sabiduría, y de una
actitud dialógica hacia las profundidades
irreducibles de su misterio, inteligencia y
poder. Dicho conocimiento es tanto un acto del
corazón como de la mente, los dos
inextricablemente unidos.
Quizás ahora podamos
reconocer la gran tentación a la cual sucumbió
temporalmente nuestra disciplina, observable
en ciertas etapas de la búsqueda intelectual y
espiritual, una tentación que cualquier mente
brillante y espiritualmente informada puede
encontrar: intentar dominar intelectualmente el
Misterio, sobrepasar su poder, someter su libre
espontaneidad, demostrar cómo todo encaja en
nuestro sistema personal, evitar los miedos y
ansiedades psicológicas intrínsecas a confrontar
lo Gran Desconocido, aquello que jamás podrá ser
dominado. Este libro ofrece la matriz teórica
para honrar este reconocimiento, para honrar al
Espíritu que, como el viento, sopla "allá donde
quiere".
A medida que el campo
transpersonal avanza hacia una comprensión de la
espiritualidad humana mucho más extensa y
participativa, muchos han empezado a notar que
la propia palabra "transpersonal" necesitaba ser
examinada y quizás fundamentalmente redefinida.
Pues a medida que integramos más plenamente la
amplitud y la inmanencia de lo sagrado, podemos
discernir más claramente ese poder espiritual
que se mueve en y a través de la persona humana
en toda su especificidad situada, corporeizada y
vivida: psicológica y física, sexuada,
relacional, comunal, cultural e histórica,
ecológica y cósmica. En este sentido, "trans"
recupera su gama más amplia de significados
latinos original – significando no sólo "más
allá" sino también "al otro lado, a través,
omnipresente; para así cambiar, transformar;
ocurriendo mediante". Aquí el término
"transpersonal" reconoce multifacéticamente la
dimensión sagrada de la vida que fluye
dinámicamente tanto más allá
del ser humano como en su interior, es decir, a
través y mediante la persona humana de una forma
mutuamente transformadora, complejamente
creativa, y abriéndose a una participación más
plena en la creatividad divina que es la
persona humana y el cosmos en constante
evolución. Este dinamismo espiritual en la
persona enraizada en un cosmos espiritualmente
vivo es precisamente el que infunde poder y
desafía a la comunidad humana a participar en la
cocreación de realidades espirituales, incluidas
nuevas realidades aún por emerger.
Si las obras originarias de
la psicología transpersonal de Maslow y Grof
constituyeron su declaración de independencia,
este libro puede muy bien ser considerado como
su proclamación de emancipación, su "nuevo
nacimiento en la libertad". Pues en este libro
la teoría transpersonal es liberada de su
hipoteca con el pasado, de esos supuestos y
principios restrictivos heredados de sus
orígenes en la Ilustración y en la ciencia
moderna. A pesar de haber sido una fuerza tan
revolucionaria y profunda durante las tres
últimas décadas, la teoría transpersonal ha
estado fundamentalmente elaborada dentro de un
casillero conceptual. En otras palabras, ha
estado sutilmente limitada por unas anteojeras
epistemológicas y metafísicas que han
restringido de forma inconsciente su visión,
generando de ese modo numerosos problemas,
distorsiones y conflictos aparentemente
irresolubles. Sólo con el reconocimiento de
estas suposiciones inhibidoras podía
el potencial emancipador de la revolución
transpersonal inicial ser finalmente
actualizado.
Volviendo de nuevo a la
analogía copernicana, podríamos decir que, tras
liberarse de una especie de reduccionismo
materialista geocéntrico/egocéntrico dominante
en las principales corrientes psicológicas, la
teoría transpersonal tendió
en sus primeros treinta años a constelar
alrededor del Sol trascendente del perennialismo
como el centro fijo, único y absoluto del
universo espiritual. Solo con el paso del tiempo
se ha hecho aparente que vivimos en un mundo
mucho más vasto, interesante y radicalmente
pluralista, un cosmos omnicéntrico con
innumerables soles y estrellas en torno a los
cuales constelan múltiples universos de
significado. Estos significados no son pre-dados
ni objetivos, sino que son engendrados
participativa y cocreativamente en interacción
con una matriz dinámica e indeterminada de
misterio espiritual.
Estamos en deuda con Ferrer
por su coraje al engendrar esta obra, aunque en
cierto modo refleja la maduración de todo el
campo, de toda la comunidad transpersonal.
Siento una gran admiración ante la magnitud y la
profundidad de pensamiento y de experiencia, de
diálogo y de reflexión, que ha tenido lugar en
el campo transpersonal para permitir que esta
obra haya podido ser escrita en nuestros días.
Pues a un nivel profundo, es la comunidad
transpersonal la que ha engendrado este libro:
Como el propio Ferrer sería el primero en
declarar entusiásticamente, este no es el
trabajo de una sola persona -aunque le debamos
tanto a quien lo ha hecho realidad.
Richard Tarnas, Ph.D., es profesor de
filosofía y psicología
en el California Institute of Integral Studies,
donde fundó el
programa de Filosofía,
Cosmología y
Conciencia. También
es miembro del profesorado del Pacifica Graduate
Institute. Graduado por Harvard University y por
el Saybrook Institute, fué
previamente Director de Programas y de Educación
del Instituto Esalen. Es el autor de La pasión
del pensamiento occidental, una historia
narrativa de la visión
del mundo occidental desde la Grecia antigua
hasta la posmodernidad.
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