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Yo me pregunto:
¿cómo se desarrolla la inteligencia emocional?
¿cómo se adquieren todos esos hábitos tan
fantásticos?. Según parece, la clave de la
inteligencia emocional está en ser conscientes
en cada momento de los que uno está sintiendo,
para que a partir de ahí, empecemos a
desarrollar el control inteligente de las
emociones. Pero para ello, es preciso un proceso
previo de auto-observación, de reconocimiento de
las propias emociones, de su intensidad, y de
cómo respondemos y actuamos ante ellas después
de que aparezcan. Todo ello requiere del
desarrollo de la auto-consciencia. Pero... ¿cómo
se hace eso? ¿qué implica su desarrollo, así
como, qué condiciones son necesarias para que el
intento no se vea frustrado? y, ¿por qué a
través de los citados pasos se supone que
llegaremos a desarrollar tales artes?
Estos pasos, son un indicio
de cómo se desarrolla esta habilidad, pero sólo
eso. Parece como si hacer todo eso fuese
sencillo, y bastase con haberse leído unos
libros y saber la “teoría”. No se advierte que
conseguir tales habilidades requiere de un gran
trabajo personal, de perseverancia, así como de
un gran esfuerzo y paciencia. Normalmente se
suele hacer mención de lo bonito del tema, pero
no de sus dificultades. ¿Cómo vamos a realizar
semejante esfuerzo y tan constante sin tener
desarrollada la paciencia y la perseverancia?.
El ser humano es muy complejo como para
generalizar algo que posiblemente sea un proceso
individual. Así lo defiende J. Krishnamurti:
“La Verdad es una tierra sin caminos”.
Desde mi punto de vista,
existen una serie de impedimentos tanto
psicológicos como culturales que pueden
dificultarnos su desarrollo. Los psicológicos,
tales como, los prejuicios que posee una persona
sobre todo aquello que le rodea; las
experiencias pasadas que condicionan nuestro
comportamiento presente; la educación recibida y
la formación adquirida a lo largo de los años;
la idea que tenemos de nosotros, la identidad
personal que nos hemos creado. Ésta, nos aporta
cierta seguridad por saber al menos algo de
nosotros, lo que no nos induce a un posible
cambio ni lo estimula, porque todo cambio
conlleva incertidumbre, lo que se traduce en
inseguridad y por lo tanto inmovilidad.
Culturalmente supone una dificultad adquirir una
serie de hábitos y costumbres tales como la
profundización en los temas, en una sociedad en
la que impera la superficialidad y el
materialismo y que de alguna manera ignora las
emociones. Por otro lado, un factor clave para
cambiar, es la reflexión, ya que implica un
proceso de desarrollo mental que incide
directamente en nuestra manera de actuar. Para
poder reflexionar son precisas una serie de
condiciones, la principal, el tiempo. Hoy en
día, el tiempo es un bien escaso, con lo cual,
si no tenemos tiempo para ello, ¿cómo vamos a
desarrollar todas esas cualidades?
Por otro lado, pienso, que
la energía (la motivación) para poder
desarrollar este tipo de habilidades tiene que
venir de razones espirituales, razones que estén
relacionadas con nuestra propia existencia y su
significado, porque debido a lo costoso que
supone su desarrollo, no tardaremos en renunciar
al intento. Tiene que existir una razón que nos
permita trascender todos esos impedimentos
psicológicos y culturales anteriormente citados
para poder conseguir tales logros y progresos.
Personalmente asocio el desarrollo de la
inteligencia emocional con el desarrollo
personal. Nuestro intento se verá frustrado en
poco tiempo, si no somos lo suficientemente
perseverantes para continuar el trabajo empezado
y seguir durante largo tiempo, ya que todo
desarrollo personal requiere de cierto periodo
para dejar entrever algunos resultados.
Si pretendemos desarrollar
la inteligencia emocional para fines
materialistas y no espirituales, creo que no
obtendremos muchos éxito, debido, posiblemente,
a la incompatibilidad de procesos entre cómo se
desarrolla la sociedad actualmente y las
condiciones necesarias para desarrollar la
inteligencia emocional. Richard Sennet en su
último libro “La corrosión del carácter”,
describe una sociedad en la que el lema es “nada
a largo plazo” y con él, los valores como la
lealtad, el compromiso, la confianza se corroen
en un mundo marcado por la flexibilidad y el
cambio a corto plazo, en donde las empresas se
desintegran o se fusionan y los puestos de
trabajo aparecen o desaparecen, como hechos
desconectados. Si la sociedad quiere resultados
inmediatos y por ellos también, entendemos los
obtenidos en el desarrollo personal, es muy
posible que fracasemos en el intento, debida la
lentitud que requiere el proceso de desarrollo
interno y la impaciencia con la que esperaremos
ver los primeros efectos.
Debemos ser conscientes de
que hace falta algo más que la simple voluntad
para poder progresar en el campo del desarrollo
personal. Dado que no podemos invertir el lema
nada a largo plazo e ir contra corriente, sería
bueno el desarrollo de una serie de virtudes
tales como la paciencia, la amistad, la
humildad, la sencillez, la tolerancia, la
comprensión, la compasión, el amor, en
definitiva, el querer SER MEJORES PERSONAS. Creo
que esto es lo que realmente nos puede impulsar
desarrollar lo que ahora se llama la
inteligencia emocional y consecuentemente
obtener un buen rendimiento profesional. Dice
un proverbio chino “el bien obrar crea el bien
estar”. Si realmente lo que andamos buscando es
el sosiego interior no nos tomemos a moco de
pavo estas reflexiones.
Me sigo preguntando: ¿no será lo
mismo este nuevo concepto que el desarrollo
personal o incluso que la espiritualidad?. O
mejor dicho, ¿no será la espiritualidad
la base
de la denominada inteligencia emocional?.
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