R.– Sí, hace mucho, mucho
tiempo. Imagine el dinero y
el esfuerzo que hemos
empleado en desarrollar
cabezas nucleares. Tenemos
15.000 cabezas nucleares
activas (14.000 en Rusia y
EEUU y 1.000 en el resto del
mundo). Se está empleando
más dinero en modernizarlas
y reemplazarlas. ¿Por qué?
¿Cuántas armas nucleares
necesitas para terminar con
el mundo? Sólo un puñado,
pero almacenamos 15.000 de
ellas, listas para ser
usadas. Resulta
imposible encontrar una
explicación a la
necesidad de mantener ese
arsenal.
P.– Su revolución en la
lucha contra la pobreza
comenzó hace tres décadas
ofreciendo un crédito de 27
dólares a 42 mujeres de una
aldea de Bangladesh.
¿Realmente pensó que se lo
devolverían?
R.– No tenía ni idea
(risas). Mi intención era
desvincularlas de los
prestamistas. Les dije a
cada una: «Toma este dinero
y devuelve el dinero [a los
prestamistas], de forma que
puedas continuar con lo que
estabas haciendo.
Cuando puedas, me lo
devuelves».
P.– Tres décadas después, el
99% de los pobres que
reciben créditos del Banco
Grameen devuelven el dinero,
una morosidad muy por debajo
de los niveles de bancos de
países ricos.
R.– La gente, cuando le das
una oportunidad, quiere
aprovecharla. No les
presionamos para que
devuelvan el dinero. Pagan
por una cuestión de
supervivencia, porque, si no
lo hacen, la puerta se
cierra y entonces no tienen
nada. A veces una persona no
paga en uno o dos años. Pero
un día necesita dinero para
otra cosa, viene a devolver
el crédito y pide otro.
Nosotros siempre la
aceptamos, porque
lo que le ha pasado a ella
es una lección para otras.
P.– Dice usted ella porque
los créditos se conceden
casi en exclusiva a las
mujeres. ¿Son mejores
administrándolos?
R.– Las mujeres logran un
mayor impacto con el dinero.
Gastan el dinero en los
hijos, en avanzar hacia
delante. Los hombres quieren
disfrutarlo en el momento.
Por eso se lo gastan en
juego, prostitución, bebida…
Las mujeres ponen el dinero
en la educación de los
hijos.
P.– Habla usted de convertir
a mendigos en hombres de
negocios. Pero quizá no haya
un hombre de negocios en
cada mendigo.
R.– Cualquiera puede ser un
hombre de negocios
ordinario, no digo que de
gran éxito. Los seres
humanos tienen la capacidad
de prosperar, de resolver
problemas y hacer cosas por
sí mismos. El
instinto está ahí.
Unos lo descubren y tienen
éxito. Otros nunca abren la
puerta.
P.– Para llegar a las
oficinas de Grameen he
tenido que cruzar la ciudad
(Dhaka) en coche y en cada
semáforo había mendigos
pidiendo. Tres décadas
después de su implantación,
los microcréditos no han
resuelto la pobreza en
Bangladesh.
R.– Sí, Bangladesh es pobre
y Dhaka está llena de
mendigos. Pero yo analizo a
la gente que ha venido al
Banco Grameen y no a los que
todavía no lo han hecho. El
58% de los que están en él
han salido de la pobreza y
cada día más y más gente
está saliendo de la pobreza,
niños que están yendo a la
escuela y jóvenes se están
graduando en las
universidades,
convirtiéndose en doctores o
ingenieros. Hemos
roto el ciclo de la pobreza.
Si esto puede hacerse por
unas familias, también puede
hacerse con aquellas que
todavía no están en el Banco
Grameen.
P.– Un campesino pobre de
Bangladesh puede ver a
través de la televisión por
satélite el mundo de
abundancia de Occidente. ¿De
qué forma cambian esas
imágenes la percepción de
sus necesidades o su
capacidad para alcanzar la
felicidad?
R.– Sus deseos han cambiado.
Y eso es bueno: ahora quiere
hacer más porque quiere
tener todas esas cosas. Pero
es malo porque le crean
necesidades innecesarias.
Ahora quiere champú, aunque
no lo necesite. Su hija
también lo pide y, si no lo
tiene, no se siente guapa. A
la vez, la televisión hace
que ese campesino deje de
estar aislado, le conecta
con el mundo. Ocurre lo
mismo con internet; si
pudiéramos llevarlo a las
aldeas, algo que todavía no
hemos conseguido, esa
persona podría hacer algo
cuando anochece en su aldea.
Diría: "Puedo hacer esto,
no soy un simple
campesino estúpido, puedo
aprender".
P.– Si el problema de la
pobreza es el sistema
capitalista actual, ¿cómo
explicar que, por ejemplo,
en los años 60 Singapur y
Kenia tuvieran el mismo PIB
y que hoy Kenia siga hundida
en la pobreza y la primera
se haya convertido en uno de
los países más ricos del
mundo?
R.– Es como si una familia
tiene dos hijas. Una va a
estudiar a Harvard y otra a
una escuela local. El
resultado es completamente
diferente. ¿Cuál fue el
liderazgo en ambos países?
¿Cuáles las políticas de
Singapur y Kenia? También
Corea del Sur y Bangladesh
estaban parejas en los años
50. Hoy Corea del Sur es la
décima economía del mundo y
donante de Bangladesh. ¿Por
qué? Incluso dentro del
mismo sistema, diferentes
circunstancias de liderazgo,
política y otros factores
marcan la diferencia. Pero
si cambiamos el sistema, el
impacto de esos factores
disminuye.
P.– Lo cierto es que incluso
los países más ricos tienen
hoy su pedazo de Tercer
Mundo. En EEUU hay 774.000
sin techo, según la última
estadística. ¿Cómo acabar
con la pobreza en países
subdesarrollados si ni
siquiera aquellos que tienen
más medios lo han logrado?
R.– Pero es que también en
EEUU hay una economía en
manos de los que más tienen,
donde los de abajo tienen
dificultades para llegar a
fin de mes. Los negocios hoy
tratan de maximizar los
beneficios y olvidarse del
resto. Yo digo que es un
concepto erróneo. Los seres
humanos no son simplemente
máquinas de hacer dinero.
Nosotros hemos
demostrado que se pueden
hacer negocios sociales,
que benefician a la
sociedad.