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"No tenía una visión clara de cómo vivir, pero
sabía dos cosas: quería vivir fuera de las
normas materiales y sabía que las creencias no
sirven de nada si no las llevas a la vida". Su
historia se parece en cierto modo a la de Buda,
que abandonó la riqueza para concentrarse en lo
esencial. La familia de Bunnag ha estado
vinculada durante siglos al palacio real, pero
él siempre prefirió la mesa del servicio a la
del abuelo. Ahora ha vuelto a casa para cuidar a
su madre con alzheimer y ocuparse de los niños
que han sufrido abusos y los que tienen sida. Se
fue siendo un joven ansioso y perdido en busca
de sentido, una manera de estar en el mundo que
entrevió en su niñez con las prácticas budistas.
Trabajó con grandes maestros y llegó a sus
propias conclusiones.
- Usted pertenece a una familia aristócrata.
-
Sí, pero abandoné mis privilegios para formarme
espiritualmente porque no era feliz.
- Ha trabajado con grandes maestros.
-
He aprendido que las transformaciones son
posibles, que no somos seres fijos, que podemos
librarnos de las imposiciones culturales,
políticas, sociales y educativas que nos
limitan. Pero para sentir la propia vida y
crecer con ella, hay que asumir riesgos, romper
patrones, cuestionarlo todo.
- Te puedes perder.
-
Ya estás perdido, se trata de encontrarte, y
sólo estás dentro de ti. Escoge una práctica
espiritual, da igual la que sea, pero que te
haga estar contigo mismo, hasta que seas
consciente de lo que ocurre en tu interior y,
con la práctica, que debe ser algo tan cotidiano
y normal como lavarse los dientes, serás
consciente de lo que le ocurre al otro. Hay que
desarrollar el corazón.
- Lo tenemos bien pequeño.
-
Sí, corazones egoístas que defienden su
territorio, que exigen a los otros, que tienen
celos, rabia y son autoindulgentes... Creces
cuando disfrutas del bienestar de otros.
- ¿Qué más sabe del ser humano?
-
He trabajado con personas en estado extremo, con
adictos, con moribundos y con criminales. Y he
descubierto que la bondad no es un don, está en
todos.
- ¿Está seguro de eso?
-
Insisto, no desarrollamos nuestras capacidades.
Somos víctimas de los patrones, de cómo debemos
ser como padres, como colegas, como hijos, y los
asumimos sin explorar otras opciones. Esas
normas y el sentido de culpa que llevan
implícitas nos hacen daño.
- ¿Qué propone?
-
La generosidad existencial, la que no da para
recibir, es una fuente de placer. Pero ser
generoso, estar abierto a otra persona sin
buscar compensación, es un riesgo para el
pequeño yo que no para de repetir "se van a
aprovechar de mí", entonces sigues con lo
conocido que es: "yo estoy aquí separado de ti".
- Bueno, supongo que hay que protegerse.
-
Claro, no consiste en una apertura naif que te
conduce a ser víctima.
- De acuerdo, ¿cómo lo hago?
-
Disfrute de su respiración.
- ¿Qué?
-
El hambre de las sociedades desarrolladas es el
hambre espiritual, la de la sencillez, la del
sentido de la vida. Todo ha devenido tan
complicado: la gestión del tiempo, incluso el
resistirse a consumir. Es curioso porque para
practicar taichi o meditar no necesitas nada,
con un poco de espacio y un cojín encuentras la
paz sin otro recurso intermedio. Conectando con
la vida que fluye dentro de ti, no necesitas
porros, ni alcohol, ni películas que te
entretengan.
- Vivimos fragmentados.
-
Compramos sensaciones. Hay que gozar y el
consumo nos lo ofrece todo y de forma inmediata,
pero nada es cierto, por eso nos sentimos
vacíos. ¿Quién se puede creer que un coche le va
a dar algo?
- Un niño grande.
-
¿Dónde lleva el consumo?, ¿cuántos móviles
quieres, cuántos aparatos? Creo que vivimos una
etapa de fascinación con nuestra propia
tecnología. Pasará, pero mientras tanto,
dedicarle un espacio de tu vida a conectar con
lo esencial es una alternativa para no ser un
neurótico, porque realmente vivimos un momento
muy loco, una mala etapa.
- Ande, sea positivo...
-
La clave para mí es entender que cada uno de
nosotros somos el mundo. Tu rabia, tu envidia,
tu violencia, eso es el mundo, con eso
contribuyes. De la misma manera, sí podemos
vivir la paz y la generosidad en nuestro
entorno, eso cambia el mundo.
- ¿. .. Por agresivo que sea el entorno?
-
La distancia entre lo que crees que debes hacer
y lo que haces se traduce en conflicto, y por
eso hay tanta agresividad. Y habrá más y más.
Pero cuanto mayor es la oscuridad, más potente
se hace la luz de una vela.
- ¿En qué quiere convertirse?
-
Mi búsqueda es el amor compasivo.
- ¿Qué es el amor compasivo?
-
Ser consciente del otro. Casi todos los que
somos padres sabemos lo que es poner a tu hijo
por delante de tus intereses. En realidad es
algo bastante normal, sólo hay que incorporarlo
a nuestra vida cotidiana. Si tuviéramos
conciencia de que en este mismo momento hay
gente que está sufriendo injusticias, abusos,
miseria, entonces eliminaríamos la arrogancia.
Hay trabajo que hacer.
- ¿Y si ese sufrimiento ajeno te deprime?
-
Cambie la depresión por pequeñas metas: ser más
honesto, ser más generoso en algún momento... Tú
eliges existencialmente si deprimirte, drogarte,
llenarte de objetos absurdos porque te sientes
impotente, o ir a por las pequeñas cosas que
puedes hacer.
- ¿Usted tiene momentos difíciles?
-
Sí, cuando estoy con un niño que se está
muriendo. Difícil no en el sentido de que me
ahogue la tristeza, sino porque sé que hay una
manera de morir bien, con confianza.
- Esa confianza ya nos falta en vida.
-
No hay diferencia entre morir bien y vivir bien.
La confianza no es algo que puedas establecer
intelectualmente; cuando vives lo que practicas
esa confianza nace.
- ¿Qué es vivir lo que practicas?
- Si tu práctica espiritual es respirar,
sentarte y ser consciente de tu respiración,
integra esa sensación. Vivir es ser consciente
de que todo lo que tiene vida respira, de que
compartes ese aliento, entonces aparece la
confianza. Y si eres consciente de que todo
cambia, que todo es cíclico, vivirás la muerte
como una parte de este ciclo.
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