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Klauser es un hombre moderado que no se
posiciona ni a favor ni en contra de las cámaras
de videovigilancia, pero nos advierte de su
peligrosa deriva y de la necesidad de
controlarlas legalmente. "El ciudadano debe
conocer su poder y decidir sus límites". Sus
principales líneas de investigación son la
seguridad y el control de fronteras en los
aeropuertos, la seguridad en los grandes
acontecimientos deportivos, las geografías
imaginarias del riesgo y la territorialización
humana. En sus estudios se plantea la
videovigilancia en los espacios abiertos y esa
ambivalencia de instrumento de control social.
Defiende el aumento del cuerpo policial frente a
la máquina; de eso ha venido a hablar al CCCB de
Barcelona.
- No a
la videovigilancia?
- Sería demasiado simple.
- Pues complíquelo...
- La videovigilancia es efectiva en autopistas y
parkings, pero es muy limitada en terrenos como
la prevención.
- Ahora se lleva más la punición.
- En quince años en el Reino Unido se han
instalado cuatro millones de cámaras en espacios
públicos, pero el responsable del departamento
de criminología declaró que no han ayudado a la
prevención del delito. España debería aprender
de esa experiencia.
- ¿Hasta qué punto menguan la libertad del
individuo?
- Ése es el gran problema, porque los ciudadanos
no saben hasta qué punto están controlados, y no
se trata sólo de cámaras.
- ¿Cuál es la mayor máquina de control?
- Los ordenadores, saben lo que la gente
escribe, consulta, mira. Y también pueden
localizar cualquier teléfono móvil.
- ¿Y cómo nos controlan las cámaras?
- En el Reino Unido se han hechos estudios y se
observó que en lo primero que las cámaras se
fijan es en hombres jóvenes negros, en una
proporción exagerada, en emigrantes, gente
marginal y mujeres jóvenes.
- Vaya con los operadores.
- Hay muchos intereses económicos, por ejemplo
en los grandes almacenes se da un contrabando de
imágenes para identificar qué tipo de clientes
no quieren tener en sus comercios. Se trata de
exclusión social.
- ¿Puede ir más allá de los comercios?
- Hice un estudio en la Copa del Mundo del año
2006 en Alemania. Instalaron en Berlín 5,2
kilómetros de barrera vigilada por videocámaras.
El que no respondía al estereotipo de normal
era excluido.
- Era un espacio público.
- Ésa es la cuestión, que los espacios públicos
deberían estar abiertos a todo el mundo, no sólo
a los perfiles comerciales. Además, no sabemos
realmente qué pasa con las imágenes que captan
las cámaras.
- ¿Cómo ganan dinero observándonos?
- La relación se da entre el espacio y el
dinero, con las cámaras puedes controlar el
espacio, y ésa es una manera de comercializarlo.
- Esas cámaras pueden llegar más lejos.
- Sí, con ellas se puede identificar a personas,
y esto nos remite a otra dimensión: pueden
entrar en tu vida privada. Sistemas así se están
probando en lugares públicos en el Reino Unido.
- La tecnología progresa.
- De manera abrumadora. Además, la relación
entre diversas tecnologías amplía el espectro de
información, y eso da un poder increíble.
- ¿De qué se trata?
- Micrófonos, satélites... En Estados Unidos hay
un sistema denominado Echelon que puede escuchar
todas las conversaciones telefónicas.
Necesitamos claramente leyes y saber hasta qué
punto queremos llegar. Los centros de las
ciudades se están transformando en lugares
totalmente monitorizados.
- Eso asusta un poco.
- Hay un riesgo. Si hace 50 o 60 años los
regímenes totalitarios hubieran tenido este
poder tecnológico no quiero imaginar qué tipo de
vida pública se habría desarrollado. Es
importante discutir lo que queremos y no
queremos.
- Y más si se trata de nuestro dinero.
- Exacto, los ciudadanos deberíamos poder
discutir lo que queremos hacer con nuestro
dinero para fines de seguridad. Además, sería
más eficiente utilizar seres humanos que
tecnología como medio básico. Fíjese en lo que
está ocurriendo en Iraq.
- ¿?
- Todo está basado en la tecnología. Pero es
obvio que para construir áreas seguras necesitas
conocimiento, proximidad, relación.
Tenemos que ser mucho más críticos con esta
creencia moderna en la tecnología.
- ¿Y qué dicen los ciudadanos?
- Cuando la gente sabe lo que está pasando es
mucho más crítica. Y si se le consulta dice no a
que las cámaras inunden los núcleos urbanos,
prefiere policías, entes humanos a máquinas.
- Usted ha estudiado la videovigilancia de
aeropuertos y fronteras.
- Sí, y es muy sintomático que la oficina de la
compañía de seguridad esté junto a la de la
policía. El problema es que la policía no tiene
el conocimiento del sistema tecnológico, son
sistemas automatizados en los que el policía no
interviene, así que es la compañía privada de
vigilancia la que define las pautas de riesgo.
- ¿Y en qué parámetros se basan?
- El económico es importante. Cada semana la
policía recibe información de estas empresas de
seguridad; o sea, que hacen sus informes y crean
nuevas necesidades. Al final el dinero es el que
determina la seguridad.
- ¡Uf!
- El desarrollo de estas empresas de seguridad
ha sido astronómico y crece sin ningún tipo de
control.
- ¿Hacia dónde nos abocamos?
- Ya hay compañías en EE. UU. que exigen a sus
trabajadores que se implanten chips. Casi todo
existe, ya no hay límites, y debemos definirlos.
De hecho, cuando vuelas a Estados Unidos hay 35
datos de cada pasajero que las compañías deben
proporcionar al Gobierno.
- ¿No son demasiados?
- Van desde la edad hasta lo que consumes en el
avión. En el clima de miedo en el que vivimos ya
no se critican cuestiones como ésta y si lo
haces te identificas como individuo sospechoso.
Urge controlar legalmente esas aplicaciones
porque no hay normativa.
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