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El doctor Fleischman insiste en que la
televisión, aditamento del que prescinde, es el
altavoz más vil de los deseos, miedos, egos e
ideologías que nos impiden conectar con la
esencia del universo. Me permito, humildemente,
discrepar. Creo que la tele constituye hoy el
gran instrumento de meditación más universal del
planeta. El doctor Fleischman, ayuno de deseo y
libre de todo temor, se conecta al flujo de la
realidad con el poder de su mente, pero la
mayoría de los mortales hincamos nuestros
glúteos en el sofá para dejar que, ante la
pantalla, nuestra mente se quede vacía,
catatónica y fluya en fin unas horitas al día.
En el fondo, la imagen que hay en la caja o lo
que dice o nos dicen nos deja indiferentes
mientras nos permita dejar la mente en blanco y
conectar con el éter.
-
Lo primero que le debo anunciar es que no cobro.
- ¡Bravo!
-
La enseñanza de una persona libre para otra debe
ser gratuita y desinteresada, sólo obtengo a
cambio la satisfacción de dar. Yo jamás he
cobrado ni un centavo por enseñar a meditar.
- Va usted muy bien.
-
La primera enseñanza es que no crea usted en
nada que no haya experimentado en su persona.
- Yo creía que eso era ser un cínico y ahora
resulta que soy un meditador.
-
¡No es lo mismo! El cínico no cree en nada,
porque se considera por encima de todo; el
meditador, igual que el científico que también
soy, es escéptico. El científico dice: "En
principio no te creo, pero si me demuestras que
es cierto, te creeré".
- ¿Y eso es meditar?
-
Eso es empezar a meditar: librarse de las
ideologías, los prejuicios y las imposiciones.
- Demuéstreme que lo que dice es cierto.
-
Lo demuestran miles de años de tradición y
millones de meditadores en todo el mundo y ahora
y aquí yo mismo. Intento librarme de la
ideología y tener sólo experiencia y así
empezaré a poder meditar. Después trataré poco a
poco de librarme de mis deseos y mis miedos.
- ¿Cómo?
-
El mundo en el que estamos inmersos es una masa
amorfa y fluctuante en continua transformación.
- Hasta ahí estamos de acuerdo.
-
Pese a ello, intentamos imponerle al mundo
nuestros conceptos estáticos y artificiales,
nuestra ideología o la que alguien nos ha
imbuido. Y fracasamos. Esto nos frustra y
decepciona una y otra vez. "Me gustaría
conseguir esto y me gustaría librarme de lo
otro...". "Quisiera que mi hijo fuera así y que
mi mujer no fuera asá...". Pero el mundo sigue
rodando y rodando y lo que nosotros deseemos le
deja indiferente. Piense ahora conmigo un
minuto...
- ¿En qué quiere que...?
-
¡Silencio! ¡Sólo piense!
-
...
-
...
-
Ehhhhh.
-
Shhhhh. Siga pensando.
-
...
-
...
-
Cinco minutos: ¿qué ha pensado?
- Que tengo que lavar el coche para no quedar
mal el sábado que voy a una boda y que estos
calzoncillos me aprietan.
-
¿Lo ve? Eso no es meditar; eso es callarse y
dejar que la mente se entretenga en las mil
banalidades de su vida...
- Es que es la boda de un pariente del pueblo y
allí son muy mirados y aparentan y...
-
Vanidad, deseo de ser más y miedo, miedo al
rechazo. No se ha librado usted de sus miedos ni
de sus deseos.
- Ni de los parientes pesados.
-
Ni, efectivamente, de las ideologías que le
inculcaron en su colegio. La meditación le
permitiría dejar pasar todos esos miedos y
deseos y experimentar la realidad: tener la
experiencia directa de las cosas más allá de la
ideología que inspira nuestros deseos y causa
nuestras frustraciones.
- ¿Por qué le carga tanto la ideología?
-
Porque todas son meras proyecciones de nuestros
egos: de nuevo el deseo y el miedo; la soberbia
y el temor a morir. Lo que nos venden como
ideología no son más que máscaras que encubren
los viejos miedos de siempre y las eternas
ambiciones.
- ¿Si medito me libro de ellas?
-
Si lo hace bien, sí. Pero es un ejercicio que
requiere práctica, paciencia y dedicación. La
meditación no es una religión, no es una
ideología; no es una secta... Si alguien le pide
dinero en su nombre... ¡huya!
- Cuando me empiezan a hablar de Dios, acaban
pidiéndome dinero, dice W. Allen.
-
La meditación le permitirá ver el dinero como
una proyección más de la ideología.
- ¿No es ésa la actitud pasiva y cobarde que ha
hundido a India en la miseria?
-
Ése es un prejuicio occidental. Los británicos,
cuando colonizaron Burma y veían a los nativos
meditando, pensaban que eran vagos, y es al
revés: la meditación permite la distancia
precisa de las cosas que te hace luego más
eficaz en lo que haces. ¿Ve usted la tele?
- Hombre... Más de lo que quisiera.
-
Todo lo que sale en la cajita es falso. Lo
importante está fuera de ella; dentro de la
cajita todo son invenciones al servicio del
poder político; a la medida del ego y la
ambición de unos pocos. Apáguela.
- ¿No ve usted las noticias?
-
No por la tele. Las noticias me llegan de mi
experiencia directa con las cosas y la
meditación me ayuda a tomar contacto con la
realidad; no me aísla, me conecta con el mundo
real. La tele y las ideologías sí que me aíslan.
Si usted dedicara diez días a aprender a meditar
y, durante el resto de su vida, una hora cada
día a meditar se daría cuenta de todas las
tonterías que ocupan nuestra atención para el
ego de los demás o el nuestro.
- ¿Se trata de cruzarse de brazos?
-
Al contrario, se trata de cambiar el mundo sin
ira, sin frustración, sin miedo. Si medita,
conectará con la corriente profunda de la
realidad que nos permite mejorar a los humanos y
conectar con el universo.
- ¿Me puede dar algún consejito?
- No puedo fragmentar la enseñanza. Sería
banalizarla y usted acabaría pensando que soy un
vendedor de humo más, aunque no cobre. Pero le
puedo decir que tiene un buen centro Vipassana
en Santa Maria de Palautordera. Vale la pena
aprender diez días y practicar la meditación el
resto de tu vida.
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